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Celia fue crucial en La guerra necesaria

Celia fue crucial en La guerra necesaria. Y no hablo solo de la película, sino de la guerra necesaria de verdad. Se involucró siempre, con pasión, en organizar lo que le tocaba hacer. Con una gran delicadeza dispone todo para lograrlo, acuerda entrevistas, abre caminos diversos.

Los relatos de esos días en la voz de Celia, Haydée o Vilma, nos hacían pensar que, al oírlas, podíamos compartir y hasta vivir la intensidad de tales historias llenas de frescura. Todavía a flor de piel, después fueron recogidas y publicadas en El libro de los 12 (1968). Había un nombre clave: Frank País.

Los cien años de CeliaCELIA: La primera vez que vi a Frank, cuando lo conocí, fue a mi casa en Pilón, con Pedrito Miret. Pero antes de que él fuera a mi casa de Pilón, yo lo había visto con Pepito Tey, en una reunión que tuvimos en Manzanillo, después que Fidel salió de Isla de Pinos, cuando se constituyó el 26 de Julio. Él (Frank) fue con Pedrito Miret a Pilón, porque estábamos estudiando el desembarco y queríamos inspeccionar los mares de aquella zona, para ver las profundidades y las posibilidades. Las profundidades yo las conseguí en las oficinas de Pilón. Pedí un día prestado unos mapas que tenían todos los datos y no los devolví. Recuerdo que después los encontraron en el Granma, y se los llevaron a papá a casa, envueltos en un ajustador, para hacerle creer que yo había venido en el desembarco.

HAYDÉE: Recuerdo que antes del desembarco Celia se quería ir para México, para tratar de venir con Fidel, y Frank vino a La Habana para decir que no. Cuando Celia nos dijo que quería irse, llamamos a Frank y se lo dijimos; nos contestó que le pusiéramos impedimentos, porque ella era muy necesaria aquí.

CELIA: En el apartamento de Mario Hidalgo hablé con Yeyé del asunto. Ella me dijo que yo me decidiera, si convenía o no que me quedara. Pero yo quería estar aquí cuando llegara el momento y pensaba: «¿Si me voy a México y luego no me dejan venir?».

HAYDÉE: Frank nos dijo: «Yo tengo la gran preocupación de que por no dejarla ir le vaya a pasar algo, pero ella es de más utilidad aquí, porque conoce esta zona». Frank no hablaba mucho, pero nos dijo que ella «era decisiva».

Este hermoso y revelador diálogo pudo ser reconstruido para el cine:

Manzanillo 1976. Celia retoma los hechos. Se hace acompañar por César (Suárez), Aguilerita (Arturo Aguilera) y Lalo (Vázquez), compañeros de esos días.

Lleva algunos papeles. Nos sentamos en un círculo. Como siempre se las ingenia para desviar su protagonismo. Antes de salir para la filmación, a recoger su testimonio, me aparta del grupo y casi me susurra que había

llamado a Alfredo (Guevara) para saber qué tenía que hacer antes de la entrevista, y que Alfredo le había recomendado descansar y dormir, ponerse pepinos frescos en la cara. «No tuve tiempo…, pero me puse estas pestañas. ¿Está bien esta blusa?». Le aseguro que Iván (Nápoles) iba a cuidar mucho su imagen.

Llegamos a Campechuela, en silencio, sin aviso. Todos están sorprendidos al descubrirla. Celia no puede evitar la sincera conmoción de la gente del pueblo, cuando la ven caminando por aquellas calles. Todos la rodean, unos la abrazan, otros le dan flores, muchos entregan papelitos con recados, solicitudes, pidiendo ayuda. Horas después veo cómo los lee uno por uno, los ordena según el asunto. Ya decidirá cómo hacer. Y lo hará.

Iván y Raúl con las cámaras, Jerónimo grabadora y micrófono en manos, nos abrimos paso. Seguimos a Celia. Ella se mueve por el escenario de los hechos que va a narrar. Ubica dónde estaba una vidrierita, en la cual compra cigarros. Habla en presente. Ha vuelto a los días finales de noviembre de 1956.

«Nos enteramos inmediatamente del desembarco, por los movimientos del Ejército. Empezaron a bombardear por Niquero. Cerraron los caminos, nada más transitaban los casquitos».

Su narración es fluida, se divierte al recordar, reconstruye lo que hizo, sus peripecias, ingeniosos ardides para evadirse de la persecución.
Los rigores de la vida en campaña acentuaron la sensibilidad y el compañerismo de Celia, quien junto a Haydée Santamaría (al centro) y Vilma Espín desarrollaron una invaluable labor en la guerra de liberación. Foto: Archivo de Granma

«Cuando el desembarco, estábamos en la Sierra. Nos pasamos todo el día 30 esperando. Cuando nosotros llegamos a casa de Crescencio, le dije: “Crescencio, levántese. Fidel llegó por aquí y usted se tiene que ir con toda la gente suya a esperar a que llegue, sin decirle nada a nadie”. Crescencio, de lo más apacible, dijo: “Un momento”. Fue al cuarto, y al rato salió ¡de punta en blanco!, con zapatos bajos, guayabera, lacito y un sombrero de fieltro, como si hubiéramos estado en una fiesta y no en el campo. Y con su revólver a la cintura».

Ese día, ya en Manzanillo, Celia nos despidió asegurando que estaba concertada la entrevista con Fidel. Horas después, en Santiago de Cuba, en el Hotel Versalles, efectivamente nos esperaba su «contacto» con las instrucciones precisas.

Así se iniciaba el viaje a Playita de Cajobabo. Santiago Álvarez ha conseguido el único testimonio filmado de ella.

Antes y después de las filmaciones de 1976, toda la información –datos y testimonios de esos sucesos depositados en «la oficina de Celia», como le decían a la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado que ella dirigía– se consultó. Luego se traza una línea en el tiempo con las acciones, las contingencias, las dudas y conflictos, no solo del escenario mexicano. El objetivo era conocer y colocar todas las piezas de La guerra necesaria. Ni Celia ni Haydée vieron la película que Santiago Álvarez se proponía armar, y terminar en 1980.

Hay una carta a Celia, escrita en junio de 1958 en plena guerra. Fidel está conmovido por la destrucción de la casa del campesino Mario Sariol, bombardeada hasta reducirla a cenizas. Fidel le escribe a Celia que ya sabe cuál será su destino verdadero, que su enfrentamiento mayor será con los «americanos».

Daniel Díaz Torres y yo buscamos a Mario y volvimos a la Sierra Maestra con él. Visitamos aquellos parajes y filmamos la historia de la carta; pero lo que sobresalía en el recuerdo de Mario no es su casa destruida, sino que Fidel, en medio de la guerra, pensara en él. Era un papelito chiquitico.

En su casa del Vedado, Elsa Montero anda de un lado para otro con la fotocopia de esta carta. «Es única, lo dice todo. Léela bien». Elsita, mi querida vecina, acompañó a Celia muchos años en la calle 11 y en la oficina de Línea. Conoce de memoria qué significaba cada papelito que Celia rescató y guardó. Este día, 9 de mayo, me comenta que Mario Sariol nunca aceptó la propuesta de indemnización por los víveres que entregó a los rebeldes, y menos por su casa quemada. Vi a Fidel y a Celia reírse mucho con Mario.

En el periódico Granma, que tantas veces visitara Celia, leí por primera vez esta carta.

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