Un Caballero parisino en La Habana
José María López Lledín, «El Caballero de París», nació el 30 de diciembre de 1899 en Vilaseca, término municipal de Fonsegrad, provincia de Lugo, en Galicia. Hombre de baja estatura, de cuerpo menudo, larga barba y cabellera canosa, vestía siempre con ropas oscuras y una capa negra, deambuló durante casi sesenta años por las calles de La Habana, nunca pidió dinero y regalaba flores a los niños.
Fue ciertamente un deambulante callejero, pero su prestancia y nobleza de alma fueron tales que conquistaron la admiración de los capitalinos, hasta el extremo de convertirlo en una especie de símbolo de la ciudad. Arribó a la ciudad de La Habana a los catorce años y se desempeñó como cajero de restaurante y dependiente en los hoteles Telégrafo, Sevilla y Manhattan.
El origen de su trastorno psiquiátrico, una enfermedad técnicamente denominada «parafrenia», no está esclarecido aún, pero muchos aseguran que fue una injusta acusación de robo mientras trabajaba en un restaurante a principios de la década del 20 la que provocó su desvarío.
El Caballero de París cambiaba el lugar de sus peregrinaciones según crecía la ciudad convirtiéndose en una leyenda viva. Se le podía ver en las esquinas de 23 y 12, Infanta y San Lázaro, así como cerca de la escalinata universitaria y a lo largo del Paseo del Prado, en los predios de la Habana Vieja...
No fue el primer «ilustre caminante» en las calles habaneras. La historia cuenta que Sebastián de la Cruz enloqueció tras un naufragio en la fragata La Perla, por las inmediaciones de Bacuranao en el año 1593. Este personaje de quien se desconoce la nacionalidad, no tenía lugar de residencia, deambulaba y llevaba personas discapacitadas a un barracón de La Habana, donde por primera vez convivieron juntos enfermos mentales en nuestro país. Sebastián murió el 17 de mayo de 1598.
Fue un deambulante que vivía con enorme dignidad en un mundo ideal atravesado por la nobleza y la poesía. López Lledín sabía conversar, jamás pidió nada, pues no era un limosnero, ni fue objeto de burlas como sí lo fueron y son algunos dementes, además era respetado y querido a pesar de su apariencia.
«El Caballero» siempre fue algo evasivo sobre el origen de su apodo. Una vez relató a su biógrafo que él había obtenido el apodo de una novela francesa. Otra vez le dijo que la gente empezó llamándolo «El Caballero» en la «Acera del Louvre», la acera del Paseo del Prado donde están ubicados tres hoteles, incluso el Inglaterra, donde él había trabajado. Quizás en su mente equivalía la «Acera del Louvre» a París. Él decía que La Habana era «muy parisién» y que él era «Mosquetero, Corsario y Caballero de Lagardere». También decía que «París se conoce mucho en La Habana» y que «muchos cubanos se hicieron famosos en París, tales como Marta y Rosalía Abreu de Santa Clara».
Otros cuentan que en una época trabajó en el restaurant Paris y cuando un día regresó diciendo que era un «Caballero» y «Rey» los clientes comenzaron a referirse a él como «Caballero de Paris». Otros dicen que fue debido al estilo francés de su vestimenta que utilizaba durante sus caminos. Otros más dicen que el apodo se lo dio el semanario humorístico Zig Zag.
Un continuo paralelo entre el Quijote y la figura del Caballero de París puede apreciarse en las páginas del libro Yo soy el Caballero de París, cuyo autor el doctor Luis Calzadilla Fierro expresa en la dedicatoria: «A la memoria del loco más cuerdo que haya conocido jamás, como un tributo en el centenario de su nacimiento. Con la admiración, el respeto y la nostalgia de su siquiatra, el fiel mosquetero».
«Mosquetero» llamó el Caballero de París al doctor Calzadilla, quien lo cataloga en su libro como un hombre dueño de una inteligencia clara, de una lucidez en el análisis de los problemas, de una conversación tan interesante, de una conducta tan educada, que impresionaba a cualquiera.
Muchas fueron las frases célebres del Caballero de París, «Avísenle al periódico Le Monde que el Caballero de París está aquí en La Habana y que es español... aunque también cubano».
A pesar de su condición mental El Caballero de París declaró su apoyo a las causas justas, muestra de ello es otra de sus frases célebres. Mientras regalaba flores a los soldados rebeldes que entraban triunfantes en La Habana expresó: «Díganle a Fidel que mi ejército está a su disposición».
El Caballero de París tuvo amores con una interesante señora y de ello dio cuenta el Diario de la Mañana, el viernes 28 de octubre de 1949. La muchacha era la secretaria del norteamericano Ralph Estrada, vicepresidente de la Compañía Azucarera Atlántica del Golfo, quien al ver la foto de ella de brazos con El Caballero se indignó y le dijo que escogiera entre «ese loco y nuestra Compañía». Ella, por supuesto antes de perder su empleo dejó a su «pintoresco novio».
La fama del Caballero de París fue tal, que hasta presentaciones en la televisión tuvo en 1955 en el programa "Noches de Ambar Motors", un show estelar de la cadena Telemundo. Los anfitriones del programa eran el español Eduardo Pagés y la artista italiana Floriana Alba.
El tiempo hizo sus estragos sobre el insigne y falso noble. Hacia finales de los años 70 el Caballero de París se encontraba muy depauperado por lo que el Hospital Psiquiátrico de La Habana decidió internarlo. Pero, incluso en semejante circunstancia, el Caballero no acudió al hospital como un humilde demente. El doctor Bernabé Ordaz, director de la institución, le respetó su título y lo colmó de atenciones.
El Caballero de París se fracturó una cadera. Fue intervenido quirúrgicamente por el doctor Rodrigo Álvarez Cambras quién afirmó más tarde: «El Caballero tenía los huesos tan duros que me rompió uno de los perforadores».
La permanencia en cama como consecuencia de la fractura, a sus 86 años, le provocó una neumopatía inflamatoria aguda, causa de su muerte el 12 de julio de 1985.
El Caballero de París fue velado en la funeraria de Santiago de las Vegas con la única asistencia del ensayista, poeta y musicólogo Helio Orovio. Al entierro fue sólo el conocido musicólogo pero, para su sorpresa, los niños de la escuela primaria situada frente al cementerio acudieron a brindarle el último adiós al hidalgo imaginario y cada uno colocó una flor sobre su tumba.
Parecía que El Caballero de París desapareció para siempre de las calles habaneras. Para los que nunca lo conocimos, este señor de larga cabellera blanca debía encontrarse en un paraíso donde todavía se conservan la galantería y el honor medievales. Sin embargo y para felicidad de todos, ahora podemos verlo a diario, en una escultura de bronce de tamaño natural que conmemora su gallardía y que realizada por el escultor cubano José Villa se encuentra a la entrada del convento de San Francisco de Asís, en la Habana Vieja.
Otra escultura de alambre de El Caballero fue hecha por Héctor Martínez Calá y está ubicada en el museo que contiene una maqueta a escala de la ciudad de La Habana, en la calle 28 entre 1ra y 3ra en Miramar.
Los recuerdos que El Caballero de París dejó en los habaneros son muy fuertes, pues aún hoy, a veintiséis años de su muerte se le recuerda con cariño y cierta nostalgia por aquellos tiempos en que caminó por la ciudad. Sin dudas, el Caballero es uno de los símbolos más sui generis de La Habana, quizás el único lugar en el mundo en el que un «deambulante», es venerado como un ingenioso hidalgo.(Escrito por Joao Fariñas)
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