La tarde del 14 de junio trajo consigo más que el habitual calor veraniego. Mientras Cuba conmemoraba el natalicio de dos de sus grandes íconos —Antonio Maceo y el Che Guevara—, una noticia se expandió en redes como un tsunami: Ciego de Ávila sería la sede del acto nacional por el 72.º aniversario del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.
Más allá de las imágenes de júbilo popular tras el anuncio en el céntrico Parque José Martí, una pregunta resonó en mi hogar ese día, inocente y curiosa, como solo puede formularla un niño de siete años: —Papá, ¿por qué se llama así esta provincia?
Ante mi ignorancia, una rápida consulta en Ecured me llevó a un viaje hacia los orígenes mismos de esta tierra. “Ciego”, término que durante la colonización española aludía a un llano rodeado de bosques; y “Ávila”, apellido del colono que recibió estas tierras en merced en 1538.
Un mes después, aquí estoy, pisando las calles de una ciudad que palpita con orgullo renovado. Llegar a Ciego de Ávila después de tanto tiempo es como reencontrarse con un viejo amigo. Sus calles, aunque castigadas por el tiempo y las carencias, bullen con una energía contagiosa. No son solo las obras —visibles en cada esquina—, sino la determinación de su gente por salir adelante pese a las adversidades.
El Teatro Principal, próximo a su reapertura tras años de silencio, recupera su antiguo esplendor neoclásico. El estadio José Ramón Cepero, templo del béisbol avileño, luce nuevos colores. El boulevard, corazón de la ciudad, es un hervidero de vida donde los avileños pasean entre música, risas y el ir y venir de quienes trabajan sin descanso.
La Plaza de la Revolución está completamente engalanada, lista para recibir a lugareños e invitados en la próxima mañana de Santa Ana.
En un rincón del centro, cerca del Hotel Rueda, encuentro a María, una santiaguera que llegó hace treinta años y echó raíces en esta tierra. Se gana la vida vendiendo cucuruchos de maní, y me cuenta su historia entre sonrisas y nostalgia: “La situación está difícil. Los apagones y los altos precios complican todo… pero aquí nadie se rinde. Los cubanos somos así: cuando más nos aprietan, más nos unimos”.

Emilio, cuyas manos y rostro revelan la dureza del trabajo en el campo, comenta con su pequeño reposado en los brazos, mientras observa con beneplácito cómo asfaltan las calles aledañas al parque central: “Hacía mucho tiempo que la provincia no ganaba la emulación por la efeméride del Moncada, y la ganamos trabajando duro”.
Mientras los preparativos avanzan, Ciego de Ávila se viste de gala. No es solo un acto político: es la reafirmación de un pueblo que, pese a las dificultades, sigue creyendo en su futuro.
La tierra de la piña no solo se alista para recibir una conmemoración nacional; también se dispone a recordarnos que la Revolución late hoy, en los sueños y el sudor de quienes reconstruyen lo dañado, y en la fe de quienes miran el horizonte con esperanza.
En cada obra concluida está el esfuerzo de quienes restauran lo que el tiempo erosionó. Esta provincia central demuestra que la Revolución no es solo historia: es presente, es lucha, es vida.
Cada bandera al viento y cada mural pintado son testigos de un pueblo que, pese a todo, sueña y construye.
(Fuente: Cubadebate)
